Hoy no quiero abrir los ojos.
De esas veces que aun antes de despertar te das cuenta de que tu día va a ser igual de monótono, igual de bizarro, casi rallando en la sátira, en la ironía del diario.
Hoy quería desintegrarme tan decentemente como fuese posible, Ya no quiero reprimir aquello que siento, ya no quiero quedarme callada esperando con ojos de misericordia que aquella persona viva una vida tan miserable, porque en realidad es miserable, un asco terrible, un hediondo potaje con tantas cosas revueltas que es casi imposible de desifrar.
Miércoles de Sal.
porque a veces extraño tanto los miércoles aquellos, en los que las sakuras eran capaces de penetrar los recuerdos y las distancias y llegaban hasta nuestra misteriosa presencia para inundarla de una cámara roja que hacia imposible ver lo que eramos en realidad.
Quiero cruzar la frontera de tus pensamientos sin pasaporte alguno.
Las personas me dijeron que me arriesgara, que cuando uno en realidad quiere algo se ve en la necesidad de luchar por aquello, pero yo no entiendo, las palabras a veces se me hacen tan vanas, tan frivolas, tan tontas, y cuando me vuelvo a encontrar con migo misma me doy cuenta del sentido que cobran, Déjeme atravezar el tiempo sin documentos, porque se que por buscar tu sonrisa estaría aquí toda la vida.
Entonces luego me di cuenta de que, a pesar de los mosquitos que probablemente me maten en una semana, a pesar de la música que en vez de despertarme me arrulla mas, a pesar de los muebles húmedos y chirriantes, a pesar de mi voluntad de plato, tenia que abrir los ojos, hoy, y todos los días que a uno le restan.
Y fue entonces que desperté.
De nuevo a la rutina....
aunque se perfectamente que aunque me dieran una eternidad, aunque me dieran 100 años, 100 años de soledad, me los despilfarraría como un periódico envolviendo acelgas frescas, y luego estaría implorando de rodillas.
-necesito mas tiempo!, dejenme un poco mas de tiempo aquí, que la vida no me alcanza!-
Y cien años de soledad aun no me alcanzarian
ni mucho menos dos semanas
jueves, 15 de octubre de 2009
miércoles, 22 de julio de 2009
Franeleros.
Hace unos días mi hermano estacionó el auto frente a Palacio Federal, por la calle de Juan Alvarez cuando ocurrió...
Un franelero hizo su aparición. Tendria mas de cincuenta años, una gorra deslavada (mas bien descolorida por el sol) cabello largo y opaco, mayoritariamente canoso, ojos enrojecidos y vestuario desgarbado (si mal no recuerdo traía un pantalón de mezclilla negro y una camisa blanca con un fantasma de lo que debió de haber sido la campaña de Felipe Calderón). Su franela roja colgaba en pendulo por uno de sus bolsillos. Si describo su mirada, puedo recordar un dejo de extraño recelo hacia mi hermano... una extraña especie de nostalgia y aborrecimiento...
Luego comenzó a hablar... o al menos creo que eso intentó.
No entendimos para nada, sabe! creo que todavia no me familiarizo con el idioma borrachín... después señaló la puerta, que estaba ya abierta totalmente... creo que hablaba sobre ella. Deduje que estaba preguntando si mi hermano iba a salir, porque mi hermano respondió que sí.
-¡Pues ya salteee!-
Con la lengua arrastrando y tambaleandose como un niño pequeño, me dedicó una mirada molesta luego de reirme. Don Franelero (así lo bautizé, qué original ¬¬) se fue antes de esperar respuesta. Tarareando una canción y apoyandose en la pared de vez en cuando, se transformó en una sombra más que caminaba por la esquina de la avenida Alcalde.
Pasó unos segundos antes de que quisiera escribir sobre el... ¿En dónde está su historia?
Me acordé de "Chabelita", un documental sobre una ancianita boleadorea de zapatos de los que se ponían en los portales del centro. Tenía una historia muy tierna y un perro al que le llevaba de comer pollos rostizados. Chabelita... n_n creo que ya murió...
Entonces, la historia, la de don Franelero...
Todos tenemos una historia que crece día con día, la historia con la que crecemos, pero, a veces, por estar bajo el atareo de nuestra propia historia, nos olvidamos que existen otras historias. Un día fue Chabelita, ¿y si ahora es un José, un Pedro, Mauricio? Y si es una historia que merece ser contada?
...y si no?
Al día siguiente cargué con Támara y fui a pedirle una foto, cosa que me negó, pero en realidad se lo agradezco; pocas veces había visto un atardecer tan imponente.
Juan Alvarez en sepia, junto al palacio federal, el Santuario y sus torres hoscas viendo hacia Catedral, haciendole compañía a las almas deambulantes, con la plaza repletaa de palomas comiendo maíz que ofreció una mano generosa, con la estatua en silueta del fray Alcalde, ensombrecida por la imponencia de aquel sol tan estruendoso...
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